Serpiente de bronce

Había llegado la séptima noche. Se detuvo frente al edificio, puso la mano sobre la aldaba con forma de serpiente, y dudó. Pensaba en los ojos de Milena.

Se habían conocido en ese mismo lugar una tarde en que él desvió por Lavalle y Reconquista para esquivar la razzia que bajaba por Corrientes. Venía de vender libros en el colectivo y sintiéndose indigno, mierda, si había sido profesor y ahora apenas le alcanzaba para comer.

Aquel día hacían más de treinta y cinco grados. Tomó la peatonal y enfiló hacia el Luna Park porque seguro en esa zona encontraba refugio hasta que bajara el sopor y el dolor de piernas. Buscó la entrada de algún edificio, o quizá un kiosquito para tomarse una Coca y descansar un poco. Pero ese día estaba todo cerrado. Había escuchado de las corridas por Avenida de Mayo y ahora hasta podía sentir el griterío y los hidrantes a lo lejos. Bronca. Si al menos no llevara esos libros a cuesta podría haberse unido a las pedradas.

En algún punto del camino, justo antes de las escalinatas, se refugió en una entrada que nunca había visto antes. Incrustado entre paredes de mármol, apareció un portón de roble con antiguos herrajes bronce y en cuya parte central tenía una aldaba de la que se quedó prendado, como hipnotizado. El orfebre le había dado forma de serpiente, una que giraba sobre sí misma y se terminaba mordiendo la cola. Ahí se quedó un rato, sofocado, hasta que una voz femenina lo despabiló.

—¿Qué vendés?

—¿Cómo decís? —Víctor se giró y quedaron cara a cara.

—Que qué vendés. Algo vendés —le señaló el bolso—. Contame.

La muchacha era más joven que él, o eso le parecía, con las mujeres a veces no sabés, pensó, porque uno se deteriora más rápido. Pero no llegaba a los treinta, seguro. Sí que era hermosa, morocha y pálida, con el pelo oscuro; vestía elegante y apenas se le veían los ojos detrás de unos enormes lentes oscuros. Él sintió un calor que le subía y lo ponía incómodo, se imaginó hecho mierda. La chica se levantó los anteojos.

—Soy Milena —lo que mostraba no era una sonrisa, sino algo por ahí.

—Libros vendo. Víctor, me llamo Víctor. ¿Entrás? —se dio cuenta de que la chica seguro que quería entrar al edificio y él le cortaba el paso.

—¿Libros de qué vendés? ¿Infantiles?

—Infantiles, si, esos salen bien en el colectivo, los que son para pintar se venden bien, tres por dos pesos. Para grandes trabajo clásicos. Hoy tengo —revisó el bolso—… Traje La Comedia, Los siete locos, El extranjero, El hombre mediocre, algo de Lugones y de Silvina Ocampo también tengo.

—Dame Los siete locos, ese me gusta.

—No te vas a arrepentir —dijo él—, a mí me encanta, ya te digo el precio…

—Sí, ya lo leí —aclaró—. Decime, ¿vos estás estudiado, no?

—¿Cómo? ¿Qué si tengo un título?

Entonces él le comentó que se había formado en letras y como curador, pero que al final se había dedicado a la docencia. Le contó su vida como si fuera una comedia de enredos, pero una comedia negra donde al final todos se mueren y él se queda sólo, con deudas, y sin laburo. Ella le asintió durante todo el relato sin interrumpir hasta que a él no le quedó más que decir.

—¿Te interesa un trabajo?

Ebrio de alegría, no le cobró el libro, y al resto los fue regalando en el camino. Al principio no se enteró qué trabajo le ofrecía, ni siquiera la escuchó, sólo se aferró al salvavidas. Era suficiente con saber que ya no iba a yirar todo el día y a cagarse de calor por unos pesos.

Comenzó a trabajar esa misma semana en una biblioteca dentro del propio edificio de la aldaba. Lo pusieron a clasificar libros raros y antiguos, separando algunos que tenía que restaurar, y revisando ciertas notas que tenían al margen. La fundación que ocupaba el edificio se dedicaba a la preservación de la cultura, según le habían explicado, aunque no sabía de qué cultura en particular hablaban.

La biblioteca era impresionante, debía tener al menos un par de miles de tomos sobre filosofía y política, algunos escritos en lenguas que no había visto en su vida; a otros libros aún no había tenido acceso. Una buena parte de la colección permanecía guardada bajo llave, de la que fue sabiendo que había muchos archivos en latín y árabe, bastante lejos de sus conocimientos. Aún así, al cabo de una semana tenía el trabajo aceitado y ya le estaban pagando.

Con el correr de las semanas fue conociendo otras oficinas de la fundación, pero de las personas que trabajaban allí poco y nada, sólo se enteró de sus nombres. Estaban, por ejemplo, Manuel y Beatriz quienes lo recibían todas las mañanas en el primer piso y le daban una lista de volúmenes que debía revisar en busca de ciertos elementos, sea una cita puntual o una nota al margen que por lo que fuera deseaban registrar aparte; o también Armando, en el segundo piso, un viejo de nariz puntuda del que apenas sabía que era un militar retirado, y al que solía ver escribiendo con pluma.

En su piso solían aparecer otros, pero siempre de paso: Sandra, la contadora de la fundación; Luis y Emilio, de quienes creía que se encargaban de las relaciones públicas porque una vez los escuchó hablando de un Senador Nacional y algún compromiso incumplido; Augusto, Mariana, Silvia… y había muchos que ni sabía quienes eran ni qué hacían. El que más incómodo lo ponía era Oscar, un pelado de ojos hundidos al que jamás había visto salir del lugar y que vivía en una oficina alta; cada tanto le pedía algún libro del área cerrada de la biblioteca, la que él de momento tenía prohibida, pero a la que este hombre podía acceder a gusto.

Y también estaba Milena. No había dejado de pensar en ella desde aquel primer encuentro, y eso lo enroscaba en una especie de culpa. Mierda, si al final él era varios años más grande y se sentía un viejo pelotudo. Los primeros días, ella le dejaba notas: indicaciones por escrito que decían dónde comenzar, a qué prestar atención, con quién hablar y con quién no.

Pero con el tiempo comenzó a verla cuando llegaba por la mañana; él la perseguía buscando un saludo y el sonido de su voz. A veces ella le respondía con una sonrisa detrás de sus lentes oscuros. Quizá por verlo tan atento es que Milena una tarde le cayó con la propuesta. Víctor ya se estaba yendo hacia el ascensor cuando apareció detrás de él y le chistó con familiaridad.

—Víctor, ¿Cómo llevás el trabajo?

No respondió. Hubiera podido enfatizar que estaba contento donde estaba, pero se sintió medio boludo y se quedó pasmado en una sonrisa boba.

—Estamos contentos con vos —continuó ella—. Oscar quiere que tengas mayor responsabilidad acá, cree que sos justo lo que necesitábamos, y quería saber si estabas interesado en crecer dentro de la fundación.

—Si me lo decís así, ni siquiera voy a poder disimularlo —se enredó en sus palabras.

—¿Qué querés decir?

—Que por supuesto que me interesa —aclaró—. Estoy contento.

—Me alegra escucharlo. Ahora bien… Hay un tema con esto. Hay una serie de cosas que tenes que hacer antes.

—Lo que sea.

—Está bien, pero escuchá primero porque seguro te va a parecer todo raro. Quizás creas que estamos locos.

—Escucho.

—Como sabés, nuestra fundación se dedica a preservar conocimientos. Creemos que esto es clave para el futuro del país. Nuestro pasado es nuestro futuro. Para nosotros la crisis es filosófica, requiere sacrificios, hemos perdido… No importa. Lo que importa es que algunos de nosotros mantenemos ciertas costumbres, tradiciones. Varios somos hijos o nietos de miembros anteriores. Para avanzar, te pedimos que realices unas… prácticas. Pensalo como una fiesta de ascenso, un ritual más.

—¿Qué querés decir?

—Es algo simple. Cualquiera que quiera avanzar dentro de la fundación debe hacer un recorrido. Durante una semana, todas las noches, tenés que caminar calles alrededor de este edificio siguiendo un itinerario específico. Al final de cada noche, volvés acá, tocás la puerta tres veces, y después de la séptima noche te recibimos y… avanzás.

A Víctor la propuesta le pareció medio una locura, por lo que le dijo que lo iba a pensar y luego le respondía. Salió del edificio y encaró hacia Plaza Roma, como cuando vendía en el bondi, pero ahora sin cansancio y sin el apuro de perder el próximo colectivo. ¿Que mierda les pasaba a esos locos? Porque para él estaban locos, y no iba a meterse con gente que creyera en esas cosas. Siguió por Lavalle esquivando cadetes y trajeados, todos con un apuro y una violencia al caminar que ahora se le antojaban obscenos. ¿Cómo había podido vivir así?

Consumido por sus pensamientos, cuando ya estuvo en Alem en vez de buscar la parada siguió de largo sin notar que un tachero le venía de frente casi como para matarlo. El tipo lo esquivó justo y le tiró una avalancha de puteadas antes de salir picando como si lo persiguiera el diablo. Víctor comenzó a palparse de pies a cabeza para verificar que todo estuviera en su lugar, pero ni siquiera lo habían rozado. Y entonces se dio cuenta de lo que había alrededor: bocinazos y gritos, ruidos de chapas golpeando lo lejos, el tronido de los balazos de goma, el olor a basura quemada. Y corrió.

Encaró de nuevo hacia el centro esquivando otros que también corrían pero en dirección opuesta. Ahora la peatonal estaba vacía; los pasajes eran como hendiduras angostas y calientes dentro de un bloque gigante de hormigón y mármol. ¿De verdad iba a arriesgar su vida en la calle y mendigar por dos pesos de mierda? Ya no le importaba lo locos que estuvieran, los prefería a ellos porque ellos lo preferían a él.

Milena lo esperaba en la puerta con una sonrisa y una libreta.

Durante seis noches Víctor cumplió las instrucciones que ella le había entregado por escrito. La primera noche rodeó la manzana, la segunda agregó dos cuadras más, la siguiente tres y así hasta la sexta noche en que el recorrido se había hecho tan amplio que llegaba hasta Plaza de Mayo. Cada noche, al finalizar la caminata, volvía hasta la aldaba, tocaba tres veces y esperaba una respuesta que nunca llegaba.

La última noche el recorrido era el mismo de la sexta noche, con la diferencia de que esta vez sí o sí alguien le abriría la puerta. Como siempre, partió desde la entrada del edificio y siguió la intrincada ruta entre las moles de cemento. Pero al llegar a Plaza de Mayo comenzó a temer. Lo único que faltaba eran las trincheras.

Se encontró con una hilera de vallas y hombres acorazados que lucían como un ejército del infierno; oscuros, azules, amenazantes. Apuró el paso cuando vio que avanzaban. Los cascos les tapaban los rostros sedientos de muerte. Y detrás los caballos, jinetes de un fin del mundo inminente. Argentina se desmoronaba en un embudo oscuro con color de crueldad y destrucción.

Aceleró hasta la calle siguiente y comenzó la vuelta hacia el edificio de la aldaba, pero pronto tuvo que desviarse del trayecto que le habían trazado. Había una posta policial en la que estaba seguro que lo cagarían a palos antes de preguntarle qué andaba haciendo a esa hora por ahí. La rodeó atormentado por la culpa de estar incumpliendo las instrucciones, lo que tampoco tenía sentido.

Pronto llegó a Corrientes, que lucía muerta con todos sus carteles apagados. Dobló por San Martín hasta Lavalle, donde la desolación era total y pese a ello casi podía oír el eco de infinitas pisadas que la habían usado ese día. Apretó el paso y la respiración, y también sus miedos, hasta el punto en el que sintió que los pulmones se le derretían dentro del pecho y que se le retorcían las entrañas, pero al final llegó hasta el edificio con la aldaba.

Se detuvo frente a la serpiente. La transpiración le chorreaba por las sienes. Tomó el reptil de bronce y lo levantó. ¿En verdad tenía ganas de una vida de secretismo y rituales pelotudos? Volvió la vista atrás y oyó los tiros. Miró otra vez la aldaba, ahora con decisión. Pum… Pum… Respiró. A la mente se le vinieron los ojos de Milena. Pum.

La puerta se abrió. Del otro lado había un abismo, oscuridad. Entró y ahí nomás Milena lo tomó del brazo. No, no era ella, pero la muchacha era tan parecida que se preguntó si debían ser parientes. Llevaba también lentes de sol. Se ubicó a su lado y lo condujo hasta el ascensor.

—El último piso —dijo, y se perdió en la oscuridad.

Tocó el último botón y la caja comenzó el ascenso. Él se pegó a la pared del fondo y se secó la transpiración que le caía, asquerosa y fría, por un costado del rostro. Observó que no veía nada del otro lado de la reja, lo único iluminado en el edificio era ese maldito ascensor con su luz apuntándole al rostro. Le temblaban las manos.

El aparato se detuvo y alguien abrió la reja. Había llegado a un salón en el que sólo vio un antiguo mesón en el fondo, justo frente al ventanal que cubría toda la pared. En el medio habían armado una especie de pasarela que conectaba el ascensor con la mesa y a cuyos lados se habían formado los miembros de la fundación. Iban todos vestidos de blanco, pero aún ocultos por la oscuridad, donde era imposible verles los rostros.

Otra mano tomó a Víctor y lo tironeó hasta el camino. Tenía ganas de vomitar. Aún si lo quisiera, aunque se arrepintiera, ya no podía irse. Cerró los ojos y dio unos pasos al frente. En su mente volvió a ver la escena de la plaza y se le erizó la piel. Siguió por la pasarela hasta llegar al púlpito del fondo y luego esperó a que algo pasara, pero todos permanecieron quietos. Entonces se volvió hacia el ventanal y vio una escena imposible. No existía modo en que pudiera verla desde allí, y sin embargo… ¿Casa Rosada? El edificio no estaba ni cerca de la plaza, pero la veía y… ¿Era una proyección?

Abajo la policía cagaba a tiros a un montón de viejos. Hijos de puta, pensó, mientras los caballos galopaban sobre los cuerpos. La garganta se le hizo un globo y algo ácido le subió por el esófago. Decidió que ya había terminado, se iba a mandar a mudar. Si estos pelotudos seguían detrás de él jugando al ritual, ya no le importaba, se iba igual. Pero se giró y sólo vio a Milena con sus lentes oscuros. Le sonreía. Los demás habían desaparecido y él no había oído ni sus pasos. No quería pero igual le devolvió la sonrisa.

—¿Y ahora qué? —le dijo. Ella no respondió.

Ella le puso una mano en el hombro y pegó el tirón. Al instante, Víctor sintió el acero.

El facón le penetró el abdomen. Apretó los dientes. Recién cuando los fluidos le golpearon las piernas sintió que las tripas se le habían salido del cuerpo. Milena giró el cuchillo, lo metió y lo sacó un par de veces, rápida pero precisa. Luego lo acompañó hasta el suelo. Lo sostuvo por los brazos cuidando que no se golpeara al caer. Víctor se preguntó cuántas veces había hecho esto antes.

—Ya termina… ya terminamos, Víctor. Muchas gracias.

Lo sentó sobre el charco oscuro, en el piso, mirando hacia el ventanal, y le acarició el cabello. Él se desplomó sobre la laguna de sangre. A lo lejos, Plaza de Mayo era un campo de batalla cada vez más difuso, que se iba perdiendo en la oscuridad de la noche, la misma en la que él se fue ahogando poco a poco hasta irse para siempre.

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