Fue por la tarde, un día de un verano absurdo, de esos donde el frío irrumpe entre el sopor y la humedad, confundiendo atuendos y pronósticos. Yo vagaba por el Centro, como solía hacer en aquellos días, entre el trabajo que había perdido y el que aún no tenía y volvería a perder. Me la pasaba dando vueltas por las peatonales y galerías, buscando algo que hacer que no fuera perder el tiempo. En esa época tenía una marcada obsesión por aquel género urbano tan difícil de nomenclar, compuesto por esos lugares que generan una sensación incómoda y fuera de lo esperado.
De modo que me encontraba en la calle desde hacía algunas horas. Esperaba encontrarme con Juan Carlos, quien solía pedir que lo llamemos Oveja, pero me había fallado. Aunque no era el más confiable ni el más cumplidor, el Oveja sí que solía ser un buen compañero vagabundo. Jamás, por ejemplo, se negaba a explorar unas cuadras más, ni parecía cansarse aunque hubiera caminado kilómetros; frecuentemente caía en malas condiciones toxicológicas —le resultaba imposible ocultarlo—, pero jamás perdía la lucidez ni la voluntad de compartir. Tenía la costumbre de siempre traer un tema nuevo bajo el brazo, fuera algún chismerío del barrio o una teoría económica —una tarde, por caso, estuvo horas comentándome sobre la Teoría de la clase ociosa porque aquella semana se había fumado aquel libro y había quedado fascinado por el concepto. Como fuera, aquel día me había dejado plantado. Según su mensaje, mientras iba a mi encuentro, algo le había sucedido al omnibus y eso había provocado que decidiera quedarse plaza en el barrio. Traducción: que me olvidara de él por al menos un par de días.
Estando así la cosa, me concentré en mis alrededores. Recuerdo escenas inconexas: la mudanza de una cripta subterránea, las vitrinas y el hueserío siendo sacados de abajo de la tierra y llevados entre la multitud de la peatonal a quién sabe dónde —seguramente un museo—; una cola de curas y religiosos en la entrada del convento, esperando volver a ingresar luego de que los hubieran evacuado por una alarma de incendio, creando una fascinante escena que llenó de sotanas una cuadra completa; los griteríos de un evangelista que recorría las paradas de colectivo y escupía las palabras de Isaías en las caras de los pasajeros mientras estos le esquivaban la mirada y fruncían el ceño.
En mi caminata, de pronto, me encontré frente a aquel portón de hierro. Lo vería, tiempo después, unas cuantas veces más, pero nunca como aquel día. Se encontraba en un patio entre galerías. El ambiente era solitario, silencioso, aunque podía oír un murmullo en su interior. Cuando me acerqué a husmear, descubrí que sucedía una especie de conferencia o presentación. Delante de un breve auditorio, sobre un pequeño escenario, un hombre delgado y pálido disertaba sobre cuestiones relacionadas con física y existencia. Atrapado por sus palabras, me quedé a observar la escena. El público parecía hipnotizado, en un trance que los mantenía haciendo los mismos gestos, las mismas respiraciones y los mismos suspiros.
Yo también quedé atrapado por su mesmerismo, tal como noté cuando apenas me di cuenta del acomodador que me tomó por un brazo y me sentó en la tercera fila. Estando allí, el hechizo de su discurso se intensificó. Comenzó a contar la historia de su místico líder, nacido en los Cárpatos, y las peripecias de sus estudios y experimentos. Fuera de su voz, lo único que rompía mi atención era el eco de unos pasos que rondaban la sala.
Fue gracias a ese mismo caminante que pude escapar del embrujo. Justo antes de que el apóstol comenzara a mostrar unos arcanos en su pizarra, el caminante aceleró el paso e ingresó en una puerta. El ruido de la cerradura logró que me despertara, que volviera en mí mismo, y que volcara mi atención hacia la puerta. Esta se ubicaba en el lado opuesto de la habitación, justo detrás de un tapiz tejido en verde y violeta. El caminante, que resultó ser el mismo acomodador, se perdió detrás de aquella puerta, y yo quedé prendado de la escena.
Era una puerta antigua, de alguna madera pesada y dura, de esas con las que antes se hacían las puertas. Pero fuera de eso, era una puerta ordinaria, de color oscuro y natural, altura y ancho promedio, y con un picaporte de bronce. Siendo aquel un edificio antiguo —creo, aunque los detalles en mi memoria no están claros—, no sería extraño que la puerta diera a un simple pasillo, a una oficina, o siquiera a un baño. Pero, por algún motivo, no podía sacarme la imagen de la cabeza. El orador hablaba ahora sobre la voluntad de manifestar y su conexión con la ascendencia, pero en mi mente lo único que tenía era aquella puerta que se cerraba, una y otra vez, ad infinitum.
En mis recuerdos no está claro cómo concluyó aquel encuentro. Luego de un par de horas simplemente me encontré del otro lado del portón que había cruzado al inicio, en la calle. El portón estaba cerrado y la noche comenzaba a caer helada y silenciosa. ¿Había sido un delirio? ¿Había sido hipnotizado? Comencé a caminar en dirección opuesta con la firme sensación de que me seguían, aunque cada vez que me volteaba, la calle se mostraba desierta. Apuré el paso, quise alejarme, reordenar mis pensamientos.
Entonces, al doblar por la esquina en un intento de alcanzar las zonas más habitadas del Centro, me lo topé de frente. El acomodador salía de una pequeña puertita de chapa entre dos edificios. Nos miramos. No debió haber tardado en notar el temor y el desconcierto en mi rostro, porque ahí nomás se me acercó a paso lento, con las manos semi levantadas a sus lados, como si quisiera hacerme notar que era inofensivo.
—No vuelvas más —susurró.
—¿Por qué? —reclamé, aunque no deseaba volver a pasar por aquella experiencia.
—Cuando uno cede la voluntad, otros deciden.
Mientras me observaba, sus cejas se arquearon hacia los lados en un gesto de pena. Luego me tomó las manos y las juntó entre las suyas. Y al cabo de unos segundos las soltó, las dejó caer, y se fue, haciendo que me invadiera una sensación de liviandad que hasta el día de hoy no puedo explicar.
Volví a casa aquella noche lleno de una mezcla de terror e inquietud. Más tarde, en alguno de mis mensajes, le prometí a Juan Carlos —Oveja— que lo llevaría a conocer aquel lugar, le comenté que no tenía idea de lo que se había perdido. Pero nunca lo hicimos, y pronto dejé de verlo a él también. Jamás volví a entrar en aquel edificio, aunque sí he vuelto a pasar por la zona. Nunca me animé a investigar quiénes eran aquellas personas o por qué estaban allí. El recuerdo de aquella tarde se fue perdiendo, pero no la secuencia de la puerta, la imagen de ésta cerrándose una y otra vez hasta el fin de los tiempos. Todavía me pregunto por lo que había del otro lado. Aún hoy conservo la misma obsesión por las sectas.
Este texto fue creado dentro del marco de la edición 2025 del Mundial de Escritura organizado por Chasco Club.