Darwin, de nuevo

Hace frío, y estos hijos de puta nos rocían con agua. Camino en la multitud —forma de decir, porque no camino: me deslizo. Nos movemos en bloque, a ritmo de un paso por vez. Apenas se puede respirar, pero por momentos estoy contento. Conforme llegamos a la plaza, vuelvo a sentir que somos uno, pero también que no tiene sentido. ¿Sabés en cuántas de estas estuve, y nunca cambió nada? Me miento: a veces cambió algo. Pero siempre volvemos a lo mismo. Eterno retorno.

Levanto la cabeza, pero no llego a ver al otro lado de la calle. Hay demasiada gente. Veo caras arrugadas, canas, ojos grises como los míos. De vez en cuando aparecen otros, pieles más tersas, de los que pueden caminar tranquilos; algún joven se suma, pero no tantos, porque no se lo permiten, a veces nos abandonan.
Atrás vienen los redoblantes. Retumban como estruendos. Deben estar cerca. Los escucho y me parece que marcan la marcha. Hay olor a ceniza, a pucho, a cuerpos. Me cuesta ver el humo, pero lo distingo. ¿Dónde está? Es plástico.

Un cuetazo. Olor a pólvora. Gritos.

Me doy vuelta para salir corriendo, pero un flash me deslumbra, me nubla la vista. Casi puedo ver el helicóptero. No, no lo veo, pero lo escucho. ¿Dónde están los canas? Son ellos los que empujan.

A mi lado se cae una vieja. Me acerco a levantarla, me cuesta, estoy rengo. Pienso que qué lástima que yo también estoy viejo. Si no, podría ser más útil. Pero otra vez me miento. La última vez que no estuve rengo tenía dieciocho años, antes de las esquirlas.

La vieja se para y la tiro a un costado. Intento ser suave porque del otro lado vienen con las motos. ¿Sabrá este pendejo que, viejo y todo, lo desarmo en dos segundos? Nunca vio un FAL el pelotudo este. Irrespetuoso. Me golpea en la espalda con la tonfa y caigo. Me pisan. Se me pega el gas en la cara. Es una mierda. Escucho una bomba de estruendo.

Siento el suelo podrido. Otra vez en una trinchera. Por momentos no puedo ver, pero luego de un rato abro los ojos. Mis compañeros me han pisado las patas. Las tengo reventadas, hechas una miseria. Miro hacia adelante y lo veo a Herrera. Me tironea del brazo y quiere arrastrarme fuera del barro. Juan está desfigurado, por el miedo y por las heridas.

Detrás de él, Farías grita algo que no entiendo y señala hacia la costa. Apenas se distingue del otro lado de la bahía. Hay una niebla de la mierda. Dice que ya viene la invasión. Farías grita como un loco y corre en zig-zag mientras Herrera logra sacarme del barro y hace que me ponga en pie. Tengo la pierna hecha pelota. Nunca la voy a poder usar como antes, nunca más un picadito ni nadar en el río, al menos no igual. Herrera es mi amigo. Lo miro a los ojos, parece más viejo que cuando lo conocí hace dos meses. Está aliviado porque me salvó. Balbucea que extraña a su madre, que quiere volver a Corrientes. Yo también me alivio, porque todavía no sé que es la última vez que voy a verlo. Tiene diecinueve años.

Una muchacha que no conozco logra levantarme, me hace volver. Tiene la cara roja, desfigurada por el lacrimógeno. Me pone un trapo mojado en la cara que me alivia el ardor en los ojos. La policía vuelve a tirar con las motos y, en la corrida, la pierdo de vista, solo observo que algo la chupa hacia adentro del tumulto.

Me escapo rengueando hasta la vereda. Busco cualquier rincón donde esconderme. Estos hijos de puta odian a los viejos. No, odian el pasado. O el futuro. Cualquier cosa que les recuerde que hubo una vida antes o habrá una después de ellos. La historia, cual fuera, les da asco porque para ellos sólo existe el presente, acelerado y demente.

Veo a mis compañeros corriendo hacia todos lados. ¿A alguien le importa que podamos morir esta tarde? No, me respondo, pero pronto me acuerdo que siempre hay alguien que llora por la sangre derramada sobre el asfalto, o la tierra. O la que se diluye en el mar. Son padres o madres, hijos e hijas, hermanos y hermanas, los amigos que perdí en la guerra. Esos con los que tuve que pasar hambre.

Pero estos no te lloran. Si te mandan a morir, no te lloran. Si te mandan a pasar frío, no te lloran. Este es el estado de la patria, pienso. Una tierra de padres y madres, de hijos e hijas, de hermanos y hermanas. De amigos que lloran. Todos baleados por los que te desprecian y te hacen doler las tripas.

No puedo hacer pie. Tambaleo. No sé qué está pasando. Alguien pasa corriendo y tira su cartel de cartón que dice “Jubilados = Hambre”. ¿Por qué estoy acá? Suena un motor. Otro golpe. Caigo. Algo frío me toca la espalda y me sube por la cabeza. El asfalto está duro, áspero. Tiene olor a nafta. Pero el cielo… El cielo es hermoso, celeste, tiene nubes blancas. ¿Llovía? Cae una ventisca, algo de nieve. El horizonte está desierto. De pronto sé que estoy en el fin del mundo. Nunca más voy a llegar tan lejos. La vista me hace feliz, pero también la odio. No, no la odio. Odio estar acá. Odio que me hayan enviado acá. Odio que nunca más volveré.

Siento un tiro en un costado y todo se pone oscuro. Cuando los ingleses llegan, lo primero que hacemos es resistirlos. Pero ahora son cada vez más y vienen armados hasta los dientes. Los milicos a nosotros nos mandaron en harapos. Quiero agarrar el FAL y disparar hacia el mar, o al cielo, a cualquier lado. No sé de dónde vienen las balas. Lo miro a Herrera y le falta un brazo, así que me lo tengo que llevar hacia atrás. Alguien grita órdenes, pero no entendemos nada.

Después de unos pasos, trastabillo. Me sale un líquido frío de la espalda. ¿O sale caliente? En la plaza ya no queda casi nadie. Solo quedan canas. Los veo desde el suelo, me pasan al lado con las motos, como si no supieran que sigo acá tirado. Juan se quedó tumbado cerca mío, hundido en el barro. Tiene la mirada fija. Creo que está muerto.

Yo tampoco me muevo. El helicóptero se aleja y emprendemos la retirada. Me puedo ver desde lejos. Estoy en Darwin, de nuevo. Lo dejo a Juan tirado porque es mi vida o su cuerpo. Siento culpa, y sé que la voy a sentir para siempre. También sé que no me la merezco. Ninguno de nosotros.

Me alejo del cuerpo de Juan y veo que también quedó ahí tirado el mío. Siempre supe que iba a morir en la guerra, porque nunca me fui de ahí. Son las cinco de la tarde, en un rincón de la plaza, estoy desparramado en el cemento. Son las cinco de la mañana, y enterrado en el barro, frente al mar, me muero.

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